lunes, 15 de febrero de 2010

EL POETA QUE NO FUE

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Semillas de impotencia ruedan en las veredas, jazmines sin aroma colgando en el balcón.
Una niña sonrojada, por un beso robado al descuido, una bailarina que ha perdido la lentejuela de una canción. Y el reloj, como un viejo cascarrabias, con sus manecillas rotas le hace muecas al sol. Allí, con su carita tierna, está el niño de ojitos lúcidos hablando con una flor. Con angelical voz dice, - Sabes, cuando sea grande, compraré los muñecos del mundo y les pondré un corazón, para que rían, canten, amén y lloren como yo.-
Pequeño niño, te marchaste una tarde, sin decir palabra, sin decir adiós. El caballo de la calesita extraña tu voz, en la plaza aun rechina la hamaca vacía y la calandria te busca, pequeño andador. El viento lleva silencio de pedales y sobre la alfombra de hierbas frescas yace tu pelota de fútbol. Cometas multicolores visten la órbita infinita, para alegrar al que un día quiso surcar el espacio. Ese pequeño que en sus manitas cobijó la tibieza de un pájaro, al que la piedra ritual quebró su vuelo, cayendo con rictus de perdón en la mirada. Dulce pequeño, en tu diálogo con la flor decías, - Dime, ¿donde podré conseguir un corazón?, Si hasta los hombres ya lo han perdido. Así, partiste una tarde con las ilusiones cubriendo tus manos y la luna muy triste, en estado quiescente gemía, con su manto pétreo de dolor. Alguien solloza de frío, dibujando letras en la playa. Te dicen poeta, porque un día dejaste jirones de tu alma, en el hueco blanco de un papel y trazaste con sangre una palabra que borró un alud de pisadas. Quisiste ser poeta, liberar tu corazón crucificado. Buscaste en un cielo de violines los arpegios de una bella canción, más los estertores de un mundo agonizante, te dijeron que no. Una tarde partiste rumbo al infinito, no querías morir sin conoce el amor, una tormenta cegó tus ojos y una risa de hielo tus oídos rompió. Sentiste era tiempo de unir todos los caminos y darle a los hombres un poco de calor, escribiste en aquella solitaria playa, los acordes tristes de esa melodía, que la mortaja de la vida te enseño. Nadie vio las estelas de tus pies sangrantes, testigo de tu muerte, fue el sol.-

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